Agustín de La Barra
10 de Marzo de 2010
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por Agustín de La Barra |
Desde que tengo memoria, aunque cada vez tengo menos, a los economistas nos definen como aquellos seres que se pasan la mitad del año pronosticando lo que va a pasar y la otra mitad explicando porque no pasó lo que pronosticaron. A últimas fechas escuché otra definición que dice que los economistas son aquellos seres humanos que saben más de cien maneras de hacer el amor pero no tienen pareja. Ésta me parece más atrevida y probablemente más acertada, ya que es difícil encontrar quien practique la masturbación mental con tanta vehemencia, constancia y sin el menor remordimiento que los economistas.
A partir de enero, a propuesta del Primer Mandatario, con la ratificación del Senado, el nuevo titular del Banco de México es mi tocayo, en más de un sentido, Agustín Carstens. Y digo en más de un sentido porque nos llamamos Agustín, ambos cargamos considerable sobrepeso, somos aficionados al rey de los deportes y, para acabar la “tocayez”, ambos cursamos la carrera de economía. Pero hasta ahí llegan las coincidencias que, como ustedes verán, no son pocas.
El que ahora el Dr. Carstens (doctor en economía) sea la “chucha cuerera” de Banxico no debe extrañar a nadie, ya que hizo gran parte de su carrera en esa institución y siempre ha estado precedido de un prestigio nacional e internacional en la arena bancaria y financiera. Como ustedes recordarán, llegó a la Secretaría de Hacienda después de haber ocupado altísimos puestos en el Banco de México y de haber sido el segundo de a bordo de el FMI (Fondo Monetario Internacional) o como lo califican los populistas “el fondo más infame”.
Es a partir de enero de este año en el que toma posesión el susodicho doctor en Banco de México, organismo orgullosamente “independente” del poder ejecutivo. Hay un “cambio de tipo” que llega a manejar esa institución “autónoma” cuya primera encomienda es el control de la inflación. Curiosamente, ésta se dispara producto de las “adecuaciones fiscales” de finales del 2009 que el doctor había promovido como Secretario de Hacienda. Hasta ahí todo parece normal y hasta se antojaría justo que le toque manejar el duro paquete de una inflación que se originó por las medidas fiscales de finales del año pasado que el mismo propuso, empujó y nos las empujó (las medidas fiscales).
Durante su gestión al mando de Hacienda, se le recordará como “el suavecito” porque en sus negociaciones siempre buscaba las reformas posibles y no las necesarias. Se le recordará también como un espléndido tecnócrata que a través de sus amplios conocimientos de los instrumentos financieros más sofisticados (derivados y familia) logró vender a futuro la producción de petróleo a un precio excepcionalmente alto y protegió el presupuesto del 2009 de recortes excesivos. También por sus dotes en el malabarismo cambiario de otoño del 2008 realizando las maniobras adecuadas para sacar a flote al país de los excesos cometidos en el manejo de las tesorerías de algunas de las empresas privadas más importantes de México. Pero es muy probable que sea recordado, en mayor medida, por la frase del “catarrito”, refiriéndose a la crisis que se avecinaba a finales del 2008 y de la que aún andamos dando bocanadas. ¡Ay, los pronósticos de los economistas!
Después de estos amplios antecedentes, entro en la materia. Desde que tengo memoria, y cada vez tengo menos, lo que siempre me preguntan mi mujer, mis amigos, mis familiares, mis colegas y hasta los que no creen, como yo, en la habilidad de los economistas de dar pronósticos sobre el tema que sea, es: ¿Qué va a pasar con el tipo de cambio?
Mi respuesta es siempre la misma: “No tengo ni la más remota idea”. Pero como sí se me da contar cuentos, voy a decirles lo que por ahí he leído y escuchado. El tipo de cambio entre el peso y el dólar durante el presente año se ubicará cerca de $12.50 pesos por dólar, según el pronóstico del Bank of America (que opina que el tipo de cambio de equilibrio está ligeramente debajo de $11.50 por dólar).
Pero hay que tomar en cuenta que en el Banco de México hubo un cambio de tipo que le está moviendo las aguas al tipo de cambio. Por primera vez en muchos años, ahora hay una política deliberada de aumento de reservas internacionales lo que, en primera instancia, parecería antojarse como una jugada intencional para devaluar el peso a niveles ligeramente superiores a los 13 pesos por dólar. El cambio de tipo en Banco de México ha provocado, con sus acciones, que se aumenten las cuantiosas reservas para que la deuda mexicana siga teniendo buenas calificaciones entre las “calificadoras internacionales” y, con esas “palomitas de buen comportamiento”, invitar a un mayor número de fondos extranjeros a invertir en nuestro país.
La estrategia es, entonces que, en lugar de sacar al buey de la barranca, sigamos tapándole el ojo al macho. Mejor aumentar las reservas que realizar las reformas que se requieren para hacer de nuestra economía un ente competitivo en el mundo globalizado. ¿Seguimos en “lo posible” o nos arriesgamos a “lo deseable”?
Habrá que preguntarle al oráculo del Banco de México que, con su carita de “libretón”, seguramente nos responderá: “Yo soy como el dólar. A mí el peso, me vale…”
AGUSTÍN LEÓN DE LA BARRA
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